Páginas vistas en total

viernes, 13 de septiembre de 2019

amor en el bus


La forma de conocerse marca la relación que uno establece con otro ser humano.

Lorenzo la vio subir al bus. Menuda, con lentes y cara de ratón. Audífonos.

Ella atravesó la multitud hasta el final del pasillo y se quedó junto a Lorenzo. 

Adentro, los humores de los viajeros habían empañado las ventanas. Afuera había empezado a llover hace poco y nadie se animaba a abrir las ventanas.

Ella seguía chateando. Lorenzo, mucho más alto, podía ver que le escribía a su mamá y que le pedía que cambie el agua al gato. 

II

Al día siguiente Lorenzo se acordó de ella. La buscó en el bus, pero no la encontró.

III

Desde donde estaba, veía cabezas con audífonos, abrigos.  Zapatos gastados de estudiantes. Alcanzaba a imaginarme esas vidas de obreros, funcionarios.  Pequeños y destruidos negociantes en un mundo que los presentaba despeinados, sudorosos y ensimismados.

Lorenzo subió en la parada acostumbrada.  Afuera, amenazaba lluvia.  Él siempre usaba un abrigo grande, incluso en los días de sol.  Atravesó el pasillo sin detenerse ante la muchedumbre. 
Se acomodó junto a mí. Revisaba su facebook, parecía que lo hacía aleatoriamente, pero luego de unos minutos, pude ver que revisaba únicamente un perfil.  Era inevitable espiar: los vaivenes del bus, el entrar y salir de los pasajeros, hacían que mi atención caiga en el celular de Lorenzo una y otra vez.

De pronto, guardó su teléfono. Se acomodó como para salir.  Normalmente su trayecto era igual al mío.  Todavía faltaban unos largos 40 minutos. Parecía buscar a alguien, Sacó nuevamente su teléfono y lo usó como espejo para ver su propio rostro.  El sudor hacía que sus lentes se resbalen y que el gel de su peinado ceda.  Rápidamente sacó un pañuelo del bolsillo trasero, se limpió el sudor. 

Se peinó con la mano. Parecía que esperaba a alguien.

Entonces reconocí a la cara de ratón.  Era la misma a la que Lorenzo espiaba en el facebook.  Y toda su premura por estar listo, no era para bajarse del bus, era para recibir a la ratón.

Sudoroso y gigante, movió un poco su espalda, para hacer espacio a la recién llegada.  Ella, indiferente, se puso junto a él y disfrutó de una diminuta isla de paz en el enjambre humano que se transportaba sin ganas por la ciudad.



IV

Al otro día coincidieron.  El pasillo era intransitable, sin embargo, ella se maquillaba tranquilamente al vaivén del autobús.  Su figura pequeña se acomodaba entre las espaldas, mochilas y abrigos de los pasajeros.

Yo estaba sentado justo detrás de él y noté su inquietud al verla.

En una parada, se bajó un grupo de gente y el puesto junto a Lorenzo quedó libre. Ella se sentó maquinalmente, sin dejar de maquillarse. Ahora que estaba sentada, comenzó a delinearse con un pulso formidable, mientras se guiaba con un espejo diminuto.

A él, ese movimiento lo cogió desprevenido. Pese a que soñaba con viajar junto a ella y por lo menos averiguar su nombre o algo más, al encontrarse de golpe con que se le había convertido en realidad, se sintió sobrepasado. Y no pudo decir ni una palabra.

Ella, sin sospechar lo que provocaba en él, cerró el espejo, guardó todo en su bolso y bajó en la parada acostumbrada sin desconcentrarse ni por un segundo.

A él le costaba entender, cómo lo que, para otro ser humano habría sido la oportunidad perfecta para conocer a la chica que le gusta, él la había echado a perder. Y no sólo eso, Lorenzo sabía que ese encuentro lo había perjudicado y la sensación lo recorría como un escozor caliente por todo el cuerpo.

V

Llovía.  Adentro, las ventanas parecían derretirse por la diferencia de temperatura.  Hacía calor.  Un calor húmedo por los paraguas chorreantes, las chompas empapadas, los zapatos mojados. 
Ahora el bus iba más lleno que otras veces. Toda la ciudad parecía estar más llena que otras veces.
Las ventanas cerradas y, en las paradas, cuando se abren las puertas para que bajen los pasajeros, entra el aire como una bocanada fresca y apetecida por todos. Limpia sudores, vapores humanos y exhalaciones de cansancio.  Parecen el último hálito de vida que resta, cuando la jornada laboral empieza y el recuerdo tibio de la casa, aun se siente con nostalgia.

VI

Para Lorenzo, esperarla se había convertido en una rutina.  Todo dependía de tantas cosas, que cuando la veía subir al bus, se sentía afortunado.  Si bien al principio, se podría decir que fue el azar el que los cruzó en aquel bus, después ya no fueron coincidencias.  Lorenzo, empezó a mover toda su rutina matinal para coincidir con la hora y el bus de la chica ratón. Cuando ya lo lograba, movía su cuerpo gigante entre los pasajeros, para disimuladamente quedar junto a ella y esperar que algún momento pase algo más.

Ahora ensayaba diálogos imaginarios, situaciones diferentes en las que Lorenzo establecía un definitivo y sorprendente acercamiento. Se planteaba escenarios en los que la ratona se sentaba nuevamente junto a él y conversaban animadamente, ella dejaba de maquillarse y él le hacía algún cumplido. Compartirían memes desde sus propios celulares y así él lograría pedirle el número telefónico, después todo sería más fácil con el wazapp.


VI

Uno de los escenarios que Lorenzo imaginaba se dio. El bus estaba a medio llenar, lo que para la hora era inesperado.  Sin embargo, el sol hacía que las filas del lado izquierdo estén casi todas ocupadas. La chica cara de ratón se subió en la parada de siempre, vio que el único puesto libre estaba junto a Lorenzo y sintió la necesidad de retocar su peinado con un gesto apurado.

Se sentó junto a él. Ella empezaba a desenredar sus audífonos, mientras Lorenzo no encontraba las palabras.
 
-Me llamo Lorenzo, somos compañeros de viaje-. atinó a decir.

Ella ya había desenredado los audífonos lo miró y le dijo: Carolina.  Se puso los audífonos.

Él pensaba lo estúpido que había sido al comenzar así una conversación imposible.  Ella ya sabía que le gustaba a Lorenzo. Por eso cuando le preguntó qué escuchaba, ella no le respondió y sólo compartió los audífonos con él.  

Él tan grande y ella tan pequeña compartiendo oreja con oreja alguna canción pegajosa.

Parecía que Lorenzo lo había logrado ésta vez. Tenía que haberle pedido su número telefónico para después mandarle memes de peluches enamorados.  Pero cuando se bajó del bus, él no alcanzó a decirle nada más.

VI

El bus transpiraba un nuevo Lunes. Miles de cabezas gachas enfrentaban el comienzo como avestruces en el celular. Mientras todos pugnábamos por encontrar un puesto, Lorenzo había logrado reservar uno libre, junto a él. Valientemente, aguantaba la presión del bus entero que, insistentemente intentaba ocupar el asiento vacío.  

Entonces, llegó la ratón: Lorenzo se levantó torpemente para que la alcance a ver. Ella reconoció el gesto y el bus entero prefirió mirar a otro lado al entender la situación. La reina se había dejado avanzar dos posiciones en ese improvisado ajedrez.

Conversaron un poco, con los audífonos a medio sacar.  Por un momento, pensé que me había perdido algún capítulo de la historia y que tal vez Lorenzo ya había ganado territorio en un escenario en el que la reina ratona tenía todas las de ganar.

Ella le dio un pico al despedirse. 

Él sonrió todo el día, hasta que el placer se deformó en una mueca de esperanza.

Yo no creí lo que acababa de ver. En el transcurso del día, dudé de si había pasado o no. ¿Un beso? En el mejor de los casos fue una venenosa coincidencia de labios que, entre las ganas de Lorenzo y las desganas de ella, se cruzaron para armar uno de esos besos que se dan los niños, sin lengua y sin pasión.




jueves, 28 de junio de 2018

sexo en el bus


Ella tenía algo con él. Se untaba crema en las manos, hoy no estaba de turno. Hoy podía tener las manos suaves.  Se peinaba, pacientemente.  Estaba enojada con él, la última vez la volvió a plantar.  Su coca cola sin azúcar combinaba con sus carnes abundantes.

Él la miraba de reojo, tratando de romper el tránsito y el hielo de la situación con maniobras audaces.  Parecía un jinete haciendo corcovear su caballo para llamar la atención. Los carros pequeños le pitaban y su ayudante, el belicoso Micky, sonreía y estaba listo para escupir o lanzar monedas encima de los pequeños conductores.

Ella le había hecho el favor de no sacar el celular de sus tetas. Le prestaba atención, pero indiferente y calculada.

Él logró sacarle una sonrisa cuando amagó atropellar a un policía.

Ella recordó sus manos secas y callosas recorriendo sus gorduras y sus ganas.  Se volvió a enojar al verse a ella mismo agarrando sus bolas y dejándose ir.

A él se le puso dura cuando la vio soltarse el cabello y pasarse el peine.  Le dio una nalgada y el curioso Mickey no pudo contener la carcajada.

Ella supo que él también quería.  Se le pasaron las iras y le volvieron las ganas. Los 3 querían follar.

viernes, 30 de junio de 2017

choque y fuga

Cuando la saludé la primera vez del día, sentí su fragancia.  Como yo estaba sentado, su pelo, suave y castaño me cubrió, acariciándome los brazos fríos. 

-Cómo estás- fue un pensamiento que nunca alcancé a pronunciar.

Ella, conciente de lo que provocaba con su saludo, sonrió y echó una mirada alrededor como un boxeador estudiando a su contrincante.

El sol trataba de subir hacia la tarde, dificultosamente evitaba las nubes que, como rocas, impedían que el día esté completamente claro. Era un oscilar entre la sombra y el sol. Entre el blanco y el negro. Entre el bien y el mal.

Ella estaba del lado de las sombras.  De espaldas, miraba por el balcón al más allá, justo en donde el sol no llegaba.  Pareció ser dos mujeres en una.  Su pelo, ahora negro, estaba en completa calma. Se dio vuelta hacia mí. El sol estaba de mi parte y ella dio un paso más. Me cegó, yo sólo la sentí como una sombra, olorosa, llena de carne jugosa y labios hirvientes. 

-Me estaba brindando un cigarrillo-. Yo solo vi una mano acercarse desde las sombras como una invitación definitiva.

Me abalancé sobre su oscuridad, me enredé en su pelo. Comí su olor en una rara mezcla de cuellos tensos, labios torpes y apurados.  Ella retrocedió más hacia las sombras hasta que llegamos al borde. Sentía mi doloroso cuerpo erecto que buscaba cavidades desesperadas y todo era maravillosamente animal.

El sol nos recordó donde estábamos. Era como si nos hubiera amanecido de pronto, entre las piernas, un lúcido y doloroso Lunes.  Alcanzamos a mirarnos, casi sin respirar, mientras volvíamos a meternos en nuestros disfraces humanos.  

Nadie dijo nada y ésa, fue tal vez alguna de esas rabiosas señales que se nos ofrecen a los ciegos día a día.

martes, 1 de diciembre de 2015

breakfast killer


Yo no sabía que los desayunos podían morir. Pero ya había pasado algunas veces, entonces empecé a contarlas.  Cuando quise arrancar de cero, sentí que no era justo con la cantidad de desayunos muertos que había presenciado.  Por lo que decidí hacer una cuenta regresiva y empecé en 5.
Luego supe que todas las veces que un desayuno moría, no era de causa natural. Siempre alguien mata el desayuno y yo contabilizaba las veces que Rex lo había hecho.

Las pruebas eran contundentes: invariablemente yo terminaba solo en la mesa, tomando un café tibio.  Pese a que el departamento era diminuto, ella lograba desaparecer. 
Los huevos revueltos y su té cotidiano permanecían intactos y podrían estar allí hasta la noche o el fin de semana entero.   

Pareciera que hubiera desayunado odio. 

Un desayuno muerto nunca llega a la parte dulce. Mermelada y manjar pueden permanecer incólumes. Generalmente yo también termino petrificado, suspendido del cuello, esperando que esos pataleos que siento, sean los últimos.

Pero  no lo son y después me mueve un impulso por cubrir las pruebas y una necesidad de limpiar que me toma el resto del día.  Lavo los platos y pareciera que es con agua consagrada y que, de alguna manera, todo se termina yendo por el caño alguna vez y todas las veces.

martes, 3 de noviembre de 2015

Walter Nilo Rualpa


Capítulo UNO

El un lado de la moneda.

Fue sin quererlo, yo me desperté y la mochila estaba ahí, en el asiento junto a mí. Somnoliento y viendo que era el último, la tomé y bajé del bus. Pensé encontrar alguien pero la parada estaba desierta. Como casi siempre.

Caminaba por el pueblo vacío mientras me preguntaba por qué no decidí hacer la tesis a 15 minutos de mi casa y no a 3 horas, en diferentes medios de transporte, hasta llegar a este pueblo que se muere de viejo. En realidad hacía mi trabajo en las afueras del pueblo y vivía por uno o dos días con una familia que me daba un cuarto. A mí me servía para convencerme de que estoy avanzando en la tesis, pero además para desconectarme un poco de todo. Aunque esa sensación se me pasaba pronto y cuando volvía a la ciudad, había veces en las que me emocionaba hasta el llanto.

Llegué y dejé la mochila extraña sobre la cama, mi equipaje era un flash memory, trabajaba en mi cuarto sin internet y tenía una computadora fija que cuando tecleaba todavía parecía máquina de escribir, era inmensa. Entonces siempre la dejaba allí.

Me quedé 3 días esa vez, lo que supuso para mí, casi una prueba de fe. Contra todo pronóstico, tuve unos días productivos y quise aprovechar la racha, no fuera que no vuelva a pasar.

El último día, al salir del cuarto y empacar mis pocas cosas en una bolsa plástica, me acordé de la mochila y decidí usarla. Cuando la abrí y pude ver en su interior una lap top titilaba indiferente.

Chucha, pensé, alguien se debe estar muriendo sin esto.


CAPITULO DOS

Llegué a Quito a esa hora indefinida entre la tarde-noche y que es la mejor para no encontrarse con alguien conocido. Algunos carros ya habían encendido las luces, el tráfico y el rugir de los buses parecían puntos referenciales que confirmaban que estaba cerca de mi casa. Antes de subir al edificio, miré rápidamente las luces de la ventana del tercer piso para tratar de adivinar quién estaba. Sólo la lámpara de noche de mi madre estaba prendida.

Frente a la puerta del departamento, mientras buscaba la llave en esa mochila extraña que ahora llevaba conmigo, escuché cuidadosamente. Mamá había salido y mi hermano no volvería esa noche. Tenía la casa para mí. Pensé en armar una fiesta, hacer un pastel de marihuana, incluso en llamar a alguna amiga dispuesta a olvidar que somos amigos por un rato.

Entonces me reí de mí mismo. No tengo amigas.

Prendí mi computadora, puse música. Cuando estaba por dormirme, sonó un bip que venía de la mochila. Ah mierda, me había olvidado por qué estaba tan pesada. Me acurruqué al sentir la inmensa pereza de devolver el aparato a su desesperado dueño.
Desperté a la una de la tarde del otro día. Abrí la Mac, no tenía clave de ingreso y varias páginas estaban abiertas, incluyendo el correo electrónico. Entonces puse mi clave wifi.

Walter Nilo Rualpa. Así se llamaba el desesperado dueño. Inevitablemente vi la bandeja de entrada, varios correos de alguien llamado Rex, varios mensajes facebook, algunos correos en francés. Cerré el correo. Y todas las páginas de internet. Entonces apareció el texto solo en la pantalla y lo primero que vi fue una distorsión, una deformidad en tres dimensiones. Era una falta ortográfica y no pude parar el impulso de corregirla.

Entonces cerré, guardé los cambios y volví a meter la Mac en la mochila.


CAPITULO TRES

Iba en el taxi y acepté el periódico que el conductor me ofreció. Lo hojeaba despreocupado hasta cuando llegué a la última página en la que aparecía como titular: “Escritor desesperado ofrece recompensa”. Lo sentí como una patada en el estómago, definitivamente era él.

Yo había leído completamente el documento abierto, y lo que había sido al principio el impulso por corregir una falta, después se convirtió en una rabiosa experiencia que mezclaba odio y reconocimiento a la vez hacia una escritura llena de faltas ortográficas, incoherencias cronológicas, muletillas y palabras inventadas por todos lados. Sin embargo la historia me atrapaba una y otra vez y en algún momento sentí que mis correcciones le hacían bien al texto y al esfuerzo de ese alguien que quería ser escritor y que estaba empezando.

Pero no estaba empezando, cuando leí la crónica y anuncio de recompensa, supe que no era ningún principiante el autor del cuento que me había atrevido a editar.

Ese día era feriado y yo había salido a buscar algún lugar donde comer lo suficientemente alejado de mi casa para no tener que saludar con algún conocido. Casi no pude comer de la ansiedad por volver y ver el resto de miles de textos que Walter había guardado inocentemente en su disco duro, que también estaba en la mochila y que yo no le había prestado atención hasta que leí el artículo en el periódico.

Sin darme cuenta ahora ya lo llamaba por su nombre de pila: Walter. La patada en el estómago me había dado cierta familiaridad o nueva cercanía o quizá, el haber leído y editado sin pudor su texto me hizo entender por qué, pese a sus horribles y decepcionantes faltas en la escritura, sus historias eran cautivantes. Sabía que al leer el resto podía entender y tener la experiencia única de leer algo que nunca antes nadie había leído.

Entonces la patada en el estómago se convirtió en una sensación de codicia mezclada con placer.


CAPITULO CUATRO

Mi tesis ha avanzado muy poco, incluso tuve ganas de volver a comenzar y plantearme un estudio diferente con un enfoque más urbano. Creo que también influye el hecho de que al cambiar de una PC a una Mac, es como volver a aprender a tocar en guitarra ajena y eso puede hacer que uno pierda el ritmo.

Para ser sincero, no me arrepiento de haber borrado todos los cuentos, novelas y poemas. En cierto sentido, ya no eran como los había encontrado originalmente y además eran de alguna torcida manera, míos también. Ahora puedo decirlo de manera tranquila, sin embargo, pasé semanas angustiosas en las que traté de borrar todas mis ediciones e intromisiones para devolver la máquina a su dueño. Pero me aterroricé y juro que por primera vez, el miedo me paralizó.

Lo único que hice fue borrar los archivos y avanzar en mi tesis. Ahora estoy seguro de que no quiero ser escritor.

...........................................................................................................................................


EL OTRO LADO DE LA MONEDA

CAPITULO MIL


Él había vuelto a la ciudad de sus cuentos. Era como un carro que volvía a la misma estación de gasolina cuando se quedaba seco. Pero también volvía como esos rockeros viejos que deciden juntarse a hacer unos cuantos dólares más.

Desnudo y con otra desnuda a su lado. El deprimido escritor miraba al techo, no sólo por el coito no terminado sino por sus cuentos que se le habían ido en un bus. Se lamentaba mientras recogía sus arrugas y sus vellos entrecanos.

Tres días y no sé nada de nada, cómo puede ser! En este mundo de solidaridades espontáneas a la velocidad del internet. La ciudad me está fallando! Vociferaba. Y era la primera vez, desde que había llegado, que renegaba de su ciudad y su manía de dejar cosas olvidadas por doquier, entre ellas, su computadora personal.

Haber compartido su tragedia en facebook le dio falsas esperanzas que al final resultaron peligrosas. Al tercer o cuarto comentario de solidaridad, la conversación facebookiana cayó en el tema político. Y nunca volvió a salir de ahí. La tragedia se hizo viral frente a los ojos del escritor. Los comentarios se olvidaban de la pérdida de sus novelas recientemente terminadas, pero coincidían en que la culpa la tenía el alcalde actual. O el presidente, al final daba igual.


CAPITULO DOS MIL

Volvió a la casa sin siquiera comprar el periódico y desayunar en el café de la esquina, mientras veía la gente pasar. Estaba preocupado, confuso, se había olvidado de mantener sus buenas maneras y se había olvidado de hacer lo que los escritores hacen.

Encontró a Rex tendida en la alfombra jugando con los gatos. Eran dos y siempre los llevaba consigo.

Rex era el nombre artístico que se puso a sí misma Roxana, y estaba harta de que todo el mundo le cante el estribillo de la canción de Sting.
-Además me da un aire de violencia, porque es nombre de perro-, decía, para zanjar cualquier conversación que quiera seguir en el tema. Era feminista, escribía y además tomaba fotografías, como casi la mitad de la gente en esta ciudad. Era hermosa y tenía novio pero follaba con el escritor porque estaba aburrida de Quito.

El escritor desesperado se metió a la cama y quiso ser Onetti, pero se quedó dormido. Trató de soñar en sus novelas y lo logró. El argumento estaba vivo, pero los giros, las palabras inventadas, los pedazos de alcohol entre los párrafos y los momentos placenteros de haber escrito esos capítulos, se habían ido definitivamente.

Entonces semi dormido lo único que quiso es quedarse solo, como los verdaderos escribientes. Y así fue.

Rex lo vio y se vistió rápidamente, cogió los gatos y se los llevó en su bolso, sin saber si volvería alguna vez.


CAPITULO TRES MIL

El escritor decidió atacar con todo. Fue a la policía judicial e hizo cola junto con gente desesperada por un celular.

-Coja un ticket y espere su turno. Tiempo aproximado de espera 48 minutos. -

Salió a fumar, terminó su cigarrillo y se limpió con el ticket los dientes amarillos. Volvió a la casa para encerrarse en su cuarto y beber en la cama sorbos pequeños de ron desnudo. Ahora si sentía que quería morirse.

Tuvo pesadillas con sus personajes: Soñaba que lo abandonaban.

Al otro día, muriéndose de la resaca, Walter Nilo Rualpa salió de su casa en dirección el mercado más cercano: los chuchakis en Quito no tienen glamour. Necesitaba un caldo de patas hirviendo, con mote y picadillo aparte, si le iba bien se tomaba una cerveza, a ver si las cosas mejoraban.

Sentado, mientras se metía el primer sorbo, alcanzaba a ver su propia fotografía en el periódico que la dueña del lugar leía sin prestarle atención. Le dio vergüenza y esperó que nadie lo reconociera. Entonces volvió a reírse de sí mismo por primera vez desde que había perdido su computadora: estaba en Quito y era un escritor avejentado, nadie lo reconocería. Eso le dio ánimos y pidió la cerveza de la cual había dudado al principio y al final se tomó tres. Llegó a la conclusión de que más probabilidades de que alguien lo reconozca hay en París, en donde el mundo está entrenado para eso.

CAPITULO CUATRO MIL

Una vez más y como la última vez, pero en realidad como siempre, la ciudad le había vuelto a decir cuando era el mejor momento para marcharse.

Allá seguramente volvería a extrañarla y le darían ganas nuevamente de escribir. Saldría a algún bar a estirar las piernas y tomarse unas copas de casualidad. Entonces por fin se encontraría con alguien y, quien sabe, tal vez su escritura vuelva a fluir o al menos hablar de eso le haría sentir mejor.

sábado, 2 de mayo de 2015

porno blondy


UNO

De pronto, tenía una chucha que se me refregaba en la cara. Hace 5 minutos estaba fuera del burdel, firme en mi posición de que las putas no me excitaban y podía esperar bebiendo y fumando en el carro mientras la tropa de mis amigos entraban como soldados sin sexo ni fortuna.

Algunos follaban dos veces.

Pero ahora había un par de piernas gigantes que me atenazaban el cuello, mientras miles de celulares tomaban fotos y videos. La música de guns and roses avivaba la venta de fichas y los cuartos se llenaban. Algunos decidían hacer cola frente a las habitaciones, así como las mascotas esperan fuera mientras sus amos follan.

El problema fue el fuego. Porque alcohol había suficiente, pero tenía que fumar y cuando empecé a buscar lo necesario, lo único que tenía era la hierba. Fácilmente improvisé una pipa pero nunca encontré fuego. Cuando prendí el carro para intentarlo con el encendedor, la alarma se activó haciendo un ruido escandaloso.

Tuve que pagar mi entrada aunque solo sea para buscar al dueño del carro y era justo el momento en el que la artista de turno se desnudaba para los perros hambrientos.

Tómate un trago y espera que se acabe el show, eso fue lo que me dijeron.

-Y la alarma, repiqué con angustia.

-Se desactiva en 15 minutos, no te preocupes.

Y entonces, me preocupé.


DOS


Estaba caminando al trabajo pensando en lo que había sucedido la noche anterior. Una rubia voluptuosa aparecía besándose con otra de menores proporciones pero voluptuosa también. Yo las veía desde la puerta mientras ellas me invitaban a pasar. Pero también era verdad que me había emborrachado como nunca y que mi película iba borrosa pero consciente hasta que salimos del burdel y la alarma del carro ya no sonaba. Entonces tuvimos que empujar el carro para que se prendiera y ahí se me fue la mitad de la borrachera.

Mientras se terminaba la primera jornada de trabajo, llegué a la conclusión de que había llegado a mi casa, ebrio pero con la suficiente energía como para fumar, ver una porno y dormir. Era lo único posible, en la vida real, o en mi vida real, no existen las mujeres voluptuosas.

Hasta que llegó ella.

Ella se reclinaba sobre el sillón giratorio y se notaba el poder de sus tetas. Ella no lo sabía, pero el sol que le llegaba desde la ventana a sus espaldas, hacía que la camisa perdiera sus colores y se volviera una gris transparencia.

Entonces tuve un recuerdo que me hizo sentir perlas de sudor en la espalda. La rubia se parecía a mis recuerdos borrosos, se levantó de donde estaba y vino a presentarse: me llamo Dorothy Castañeda y procedió a tocar mi cremallera como si le estuviera dando un apretón de manos a mi otro yo. Quise tragarme la erección que me atormentaba en ese momento pero fue inútil y para cuando ella dejó de sostenerme, yo ya no podía ni caminar con las piernas flacas y el cuerpo tieso.



DOS y medio


Yo: sentado en mi butaca. La reunión del gabinete seguía su curso. Trataba de volver a los últimos minutos de esa noche de putas, seguro de que ahí podría encontrar alguna explicación.

La rubia nueva: sentada ahí enfrente con las tetas apoyadas en sus brazos.

13 ejecutivos: sentados en la mesa ovalada gigante.

El jefe se lamía los dedos de la mano que se le habían embarrado en yogur, le daba vueltas a su plato de granola y olía el café recién pasado que le habían alcanzado. Uno de los ejecutivos sudaba una presentación de indicadores optimistas y proyecciones que auguraban éxito y responsabilidad social.

Yo sentía que mi erección amainaba, dejaba de sudar y volvía a la reunión lentamente. El jefe seguía lamiéndose los dedos como si el mundo le importara poco o tal vez con la inmunidad que le da el desconocer las buenas maneras.

La rubia ahora se reclinaba sobre su butaca, estiraba las piernas y yo me deslizaba por debajo de la mesa directo a su grupa, sobre su calzón y sus olores de ejecutiva fresca.



TRES

Rubias tetonas aparecían frente a la cámara. Desnudas y de rodillas, se turnaban una polla anónima en primer plano. Ése era el video, lo recordé porque las rubias se parecían entre sí como si fueran madre - hija o hermanas. Lo había estado buscando hace rato en el internet, la visión de la ejecutiva rubia me desquiciaba: o se parecían demasiado o mi indomable morbo las había querido ver así.

Al volver a ver el video los flashes regresaron: la chucha en mi cara, los pipazos fallidos y una mujer voluptuosa cabalgándome desenfrenadamente. Mi cuarto y la porno. El chuchaki terminal. Había un flash nuevo: cuál voluptuosa? Me fui de putas? Imposible, a mí las putas me ponían triste y la tristeza no me calienta un pelo.

El gabinete fallecía, el jefe había terminado su desayuno.

El ejecutivo feliz, estaba en las conclusiones de su presentación.

La rubia se estaba tocando la entrepierna y yo volvía a mi butaca, buscaba la servilleta fina, movía la cuchara de plata para no hacer ruido y me limpiaba los vellos púbicos de entre los dientes.

El gabinete arrancaba aplausos y ese era el final.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

las mujeres que fuman son sexy

Se encontraron a la salida del edificio y cada una encendió su cigarrillo. Un suspiro lleno de humo hizo que se mezclaran las dos bocanadas desesperadas por tener que empezar su jornada laboral. Era lunes por la mañana y tenían unos minutos antes de empezar. Conversaban como unos dinosaurios hablando mal de los humanos. Sus gestos y los años de teclear aburridas reuniones de trabajo, habían entumecido sus extremidades superiores y se parecían al tiranosuario Rex que contrastaba su voluminoso cuerpo con unas ridículas manitas.

Esas bocanadas y las conversaciones personales que podían tener eran lo único que les devolvía su condición de humanas. Y el fumar, definitivamente el fumar. En el fondo sabían que era lo único que tenían completamente para sí. Los Lunes, una de ellas podía faltar, pero la media cajetilla con la fosforera metida ahí mismo, jamás. El asedio del mundo externo y familiar las había endurecido en su vicio y fumaban en las afueras de las casas, edificios, balcones, ventanas y cada una de ellas sabía que no era necesario jurar que iban a fumar hasta morir.