choque y fuga

Cuando la saludé la primera vez del día, sentí su fragancia.  Como yo estaba sentado, su pelo, suave y castaño me cubrió, acariciándome los brazos fríos. 

-Cómo estás- fue un pensamiento que nunca alcancé a pronunciar.

Ella, conciente de lo que provocaba con su saludo, sonrió y echó una mirada alrededor como un boxeador estudiando a su contrincante.

El sol trataba de subir hacia la tarde, dificultosamente evitaba las nubes que, como rocas, impedían que el día esté completamente claro. Era un oscilar entre la sombra y el sol. Entre el blanco y el negro. Entre el bien y el mal.

Ella estaba del lado de las sombras.  De espaldas, miraba por el balcón al más allá, justo en donde el sol no llegaba.  Pareció ser dos mujeres en una.  Su pelo, ahora negro, estaba en completa calma. Se dio vuelta hacia mí. El sol estaba de mi parte y ella dio un paso más. Me cegó, yo sólo la sentí como una sombra, olorosa, llena de carne jugosa y labios hirvientes. 

-Me estaba brindando un cigarrillo-. Yo solo vi una mano acercarse desde las sombras como una invitación definitiva.

Me abalancé sobre su oscuridad, me enredé en su pelo. Comí su olor en una rara mezcla de cuellos tensos, labios torpes y apurados.  Ella retrocedió más hacia las sombras hasta que llegamos al borde. Sentía mi doloroso cuerpo erecto que buscaba cavidades desesperadas y todo era maravillosamente animal.

El sol nos recordó donde estábamos. Era como si nos hubiera amanecido de pronto, entre las piernas, un lúcido y doloroso Lunes.  Alcanzamos a mirarnos, casi sin respirar, mientras volvíamos a meternos en nuestros disfraces humanos.  

Nadie dijo nada y ésa, fue tal vez alguna de esas rabiosas señales que se nos ofrecen a los ciegos día a día.

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